Pajaritos voladores,
femeninamente doblados,
con el más fino papel
sobrevuelan los tejados
de las tejas otoñales
precipitadas al sustrato,
por donde un arroyo hace,
cantando y rimando,
lírica de las entrañas
en vientre del suelo pardo,
que se pudre en cada alba,
por el día y cada ocaso,
con el ancho y lento trotar
del amor en su caballo.
Hubo una vez un niño que buscaba sin cesar una mirada. Esa mirada sentía que jamás podia ser objeto de los juegos infantiles de las almas. Esos juegos de las almas temían volverse antiguos para acabar en las habitaciones oscuras y congeladas.
- Aquí, en las habitaciones oscuras y congeladas no hay cabida para las miradas, dijo una vela a una muchacha.
- Sé que alumbras las más oscuras estancias, pero, ¿acaso tienes el poder para alumbrar dónde me mandas?
- Sólo tienes que girar la vista atrás, sonrreir, y mirar al niño que amas, confesó la vela babeante de cera a la indecisa y confundida muchacha.